martes, 22 de junio de 2010

Exámenes

Yo quiero vivir en un festival de rock, con mi tienda de campaña debajo de un árbol, mi colchón hinchable y millones de personas alrededor. Y puestos a pedir, un camping gas, una ducha, y una tienda de comestibles a la vuelta de la esquina.

Vacaciones por favor.

martes, 20 de abril de 2010

20 de abril

Pues sí, es cierto, de los de antes no queda casi nadie.


Mi vida, supongo que como la de todos, ha sido un ir y venir de gente constante. De mí todavía no me he conseguido librar, aunque tampoco pertenezca a ese “casi” de “los de antes”.

Es un día, una canción y mil recuerdos. Una chica en un banco, un brindis por nosotros y mucho tiempo resquebrajado a base de despedidas y reencuentros.

El País de Nunca Jamás encerrado en una ciudad donde no pasa el tiempo, o pasa demasiado rápido, vete tú a saber. Y al volver, sentir que no queda casi nadie de los de antes, que ese “los” se dividió hace tiempo. Piezas de puzzle que optaron por afilar sus bordes o redondear sus esquinas, con el único resultado de que por más que las fuerces no encajan en el lugar que en su día les había asignado.

Me entró la melancolía, como cada año. Al final se extrañan las risas que nos hacíamos todos juntos, un “todos” que ha ido modificando su forma original hasta quedar irreconocible a mis ojos.

Sí, han cambiado, hemos cambiado. Ni a mejor ni a peor, supongo, simplemente cambio. Pero claro, el pasado es el pasado, ese que se empeña en demostrarnos lo felices que fuimos obviando lo que no le interesa, hasta llegar al punto en el que puedo llegar a echarme de menos a mí misma, como si no tuviese suficiente ya con añorar constantemente.

En fin, yo sigo con mis canciones, y tú, vosotros, seguid con vuestros sueños.

martes, 23 de febrero de 2010

Querida Utopía

Como cada mañana, salió en su búsqueda. Camino al trabajo, se desviaba para seguir la ruta con más densidad de población. Lo que en el camino más lógico eran veinticinco minutos, en este se transformaban en tres cuartos de hora, pero había calculado con unos porcentajes un tanto dudosos que tenía un 27’3% más de posibilidades de encontrarla.

Caminaba pendiente del sonido de las risas de la gente, del color de sus zapatos y de su perfume, pues era lo que más recordaba. Olor a yogur con mermelada, zapatos verdes y risa estridente. A veces unos zapatos le engañaban, pero al presentarse a la mujer en cuestión el sonido de su voz le hacía volver de golpe a la realidad, a lo que respondía dándose media vuelta sin mirar atrás ni decir adiós.

A sus treinta y quince, nunca había estado con una mujer, pues ninguna se parecía lo suficiente a ella. Las paredes de su piso estaban decoradas con cientos de bocetos y cuadros en los que aparecía una mujer, a veces de ojos grises, otras violetas, azules, verdes o castaños. El pelo variaba de color y forma, pero siempre al viento, labios rojos sonrientes o simplemente en blanco y negro.

Junto a su cama, una botella de licor de melocotón (elegida principalmente por su olor), un lápiz afilado y un buen bloc. Olvido y recuerdos en su lugar de descanso, en su mesita de noche.

Sí, necesitaba olvidar todas las noches. Olvidar para poder dormir cuanto antes. Necesitaba no tener que acordarse de que su vida, la real, era sólo una parodia, un tránsito hasta llegar a la que de verdad le importaba, esa otra vida que se encargaba de inmortalizar todas las mañanas.

Como cada noche, quedaban. A la misma hora, las once y media. Cada día en un lugar nuevo, pues les gustaba recorrer ese mundo nuevo que habían creado a partir de ideales. Les gustaba pasear por encima de las olas de la playa desierta que había justo en su ventana, o viajar dentro de una pompa de jabón. Comían nieve y bebían lluvia, y cada día era de un sabor. O quizás se diesen el capricho de ir al restaurante de la esquina, donde el cocinero era una flor. No, no había más humanos en ese mundo que habían creado. Sólo estaban ellos. Ese único individuo que se hacía denominar “nosotros” y cuyas manos era incapaz de separar. Era lo único que necesitaba. Dormir y verla, y así poder soñar con ella el resto del día.

Jamás se ponía el despertador. Su vida no tenía sentido sin sus diez horas de sueño, de realidad. Hasta que ese día, como cada mañana, salió en su búsqueda. Y, como cada mañana, fracasó.

Era un día como cualquier otro, pero algo le hizo reaccionar. No sabría decir con certeza qué fue. Quizás tuvo algo que ver el ir a comer con su madre, que, como siempre, volvió a hacer la misma pregunta expectante para, a continuación, ver como su rostro pasaba rápidamente a la decepción. Le ofreció, para variar, presentarle a la vecina de turno, y le preparó una comida sorprendentemente exquisita para ser del mundo real.

También debió de influir la pintada en la estación de metro, “no sueñes tu vida, vive tu sueño”. Había escuchado esa frase alguna vez, pero en ese momento le hizo sentarse en un banco y suspirar. Se miro los zapatos, marrones, pues una vez ella le dijo que con el verde pegaban bien. Se miró las manos y se palpó la cara. Sí, este era el mundo real del que cada noche intentaba huir. Y, por primera vez, se dijo “Basta ya”.

Fue al trabajo, y a la vuelta escogió el camino corto. Cuando llegó a su casa descolgó unos cuantos dibujos, los que más le gustaban, y detrás de uno de ellos empezó a escribir:


Querida Utopía:

Me he cansado de buscarte en cada rostro sin saber con certeza cómo es el tuyo. De que cada noche me preguntes qué tal el día, y me digas que dentro de poco aparecerás para hacerme tostadas con mermelada y mantequilla. Me he cansado de quererte tanto y de no tener muy claro cuánto tienes de real y cuánto de imaginario. Te quiero, lo sabes, y muchas veces he pensado que eres el único motivo por el que no me he vuelto loco en este mundo tan lleno de verdades. Apareciste en mi peor momento, a mis catorce años, y siempre he pensado que tienes mi misma edad, aunque nunca hemos celebrado tu cumpleaños.

Hoy me he dado cuenta de que en realidad, más que salvarme de la locura, me has conducido directo hacia ella, siempre cogidos de la mano y sin ganas de despertar. Dándome un beso de buenos días y haciéndome desear que el sol pase deprisa para poder volver a vivir.

No puedo más, de verdad. He hecho todo lo que alguna vez has mencionado en momentos en los que ni te dabas cuenta de que estabas hablando. Todos mis zapatos son marrones, mi colonia tiene un toque a melocotón, llevo como colgante, a pesar de lo que se han metido conmigo porque no pega con el traje, un llamador de ángeles, e incluso a veces, cuando nadie me ve, dejo rastros de arroz.

Eres lo mejor de mi vida, lo único bueno que hay en ella. Eres la única que me proporciona alegría y ganas de “vivir”. Eres lo peor que me ha pasado jamás, pues antes de ti mi vida ya existía. No era buena, es verdad, pero era vida, algo que no se puede decir en la actualidad.

Estoy enamorado de ti hasta límites que sobrepasan los umbrales de la locura, y lo sabes, y te aprovechas de ello conduciéndome a tu subrrealidad, pues sabes que, encantado, me dejaré llevar. No creo que tengas mala intención, eres alegre, optimista y soñadora, y siempre consigues que la vida parezca un cuento en el que vale la pena vivir, pero me quieres en ese mundo nuestro que no sé cómo de real es, y yo te necesito en este otro, en mi mundo, en la realidad.

No creo que consiga fijarme en alguien que no seas tú (y menudo disgusto se va a llevar mi madre), pero necesito querer despertarme cada mañana, necesito que el tiempo signifique algo para mí.

Por favor, si existes, deja de acosarme en sueños y toca a mi puerta por la mañana. Estaré encantado de recibirte. Hasta entonces, perdona que falle a nuestras citas de siempre. Te quiere:

Fran.


Cuando termino se metió en la cama, media hora más tarde de lo previsto, con la carta arrugada en una mano. Se durmió, y cuando apareció en esa realidad suya de la que al fin se había cansado, tenía una carta en sobre y bien doblada en la mano. Ella lloraba diamantes cuando él, por primera vez en muchos años, desenlazó sus manos. Se tiró por la ventana y cayó en una burbuja que estuvo dispuesta a llevarle más allá del horizonte, hacia otros mundos por explorar.

Despertó. Colgó el arrugado boceto que tenía en las manos por la parte escrita, justo enfrente de su cama. Se quitó el colgante y lo guardó al fondo del cajón. Salió a la calle descalzo. Justo debajo de su casa había una zapatería y pidió algo que no fuese marrón. Una vez calzado fue a la farmacia. El dependiente le miró extrañado, pues no era habitual ver a alguien de su edad llorar de esa manera. Cuando consiguió calmarse, se le acercó y en un balbuceo le dijo “Por favor, necesito pastillas para no soñar”. Y rompió de nuevo a llorar.



viernes, 29 de enero de 2010

Un lugar en el mundo

Aristarain + Luppi, acabo de descubrir una nueva pasión.



De 1992, pregunta "Me gustaría que me dijeras como hace uno para saber cuál es su lugar. Yo por ahora no lo tengo... Supongo que me voy a dar cuenta, cuando esté en un lugar y no me pueda ir."

Creo firmemente que contestó en 1997, Martin (Hache): "El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento. Que tengo que ver yo con un tocumano o con un salteño. Son tan ajenos a mi como un catalán o un portugués. Estadísticas. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos, y eso sí se extraña."



En fin, hoy me quedo con Yo no digo "se perdió una batalla, pero no la guerra", yo digo "si la guerra se ha perdido por lo menos me quedo con el lujo de ganar una batalla".


domingo, 24 de enero de 2010

Cottbus

Decisiones que se toman sin ser conscientes de su realidad, sus implicaciones o sus consecuencias.

Acepto.

ACTUALIZADO (31 enero):



Hecho está.

martes, 19 de enero de 2010

Meta

Que un simple "no me apetece" no arruine tu futuro ni desperdicie esfuerzos pasados.


Si se puede hacer, se hace y punto.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Dulce Navidad

Celebraremos la nochevieja dos veces. La primera, el 18 de diciembre, en vez de uvas chupitos, y si vemos que el año empieza mal, ¡qué más da! El 31 terminará. En caso de que a la primera vaya la vencida y el "año" empiece con buen pie, el 31 simplemente será para celebrar lo feliz que va a ser todo y para no perder la tradición de atragantarnos con las uvas.

De momento va bien encaminado. No creo que tenga que leer el nacimiento de Jesús, habrá alguien que me sacará de casa de mi abuela y... En fin, las niñas tendrán polly pocket.

Bendito año del rebo, espero no tener que cambiarlo por el del requeteboh dentro de una semana.

En fin, me desaparece la conexión, anem-nos-en a disfrutar del capitalisme consumista y familiar para que lo único que nos quede pedir (para variar) sea:

lunes, 14 de diciembre de 2009

Ella fingía e impostaba, porque se daba cuenta de que así podía encontrar más gente a su alrededor. La llamaban para dejarla sentada escuchando y que ella les animara, y de vez en cuando escuchaba un y tú qué tal que no se atrevía a contestar. Se había dado cuenta de que los que ella consideraba amigos se dividían entre la gente que llamaba para llorarle y la que llamaba para poder reír. Hacía ya bastante tiempo, creía tener claro que un amigo debería estar en los buenos y en los malos momentos. Aquellos que algún día lo estuvieron, que se podían contar con los dedos de una mano, estaban lejos.

A ella no le apetecía reír. No, ese día no. No le apetecía que alguien le contase sus problemas e intentar solucionarlos con frases ingeniosas. Tampoco salir a no pensar y a escuchar risas. Se sentía sola. Y, acababa de descubrir que, cuanto más tienes de una cosa, más quieres. Cada vez que se sentía así, le entraban ganas de huir, de irse a un lugar en el que la gente que te rodea contribuye a tu soledad. Quizás, así tuviese alguna justificación para la sensación que sentía.

"Quiero volar lejos de aquí
escapar dime mi bien, quien me llorará
si me dan alas y echo a volar…
Quiero dormir no quiero despertar,
quiero ser la lluvia del otro lado del cristal
quizás alguien me espere en la oscuridad..."